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CABEZAS CORONADAS


En la antigüedad, pueblos como el griego y el romano, solían coronar con flores las cabezas de los nobles; usaban flores, laurel, parra y hasta olivo como elementos visibles de un estatus y modo de conectarse con la diosa Venus.

El triunfo (triumphus) era una ceremonia de la antigua Roma, que se llevaba a cabo para consagrar públicamente el éxito de un magistrado romano, investido del “imperium”; quien luego de una gran victoria militar, en la que se había abatido al menos 5000 enemigos, llegada a la capital del Imperio para ser loado y coronado de laureles. Fue una de las procesiones más celebres y recordadas en la historia del protocolo. La corona en su forma circular expresa que la condición de quien la porta no tendrá fin y que estará ligado a lo eterno, a aquello que continuaría cíclicamente.

Estas piezas ciñen una de las partes más sensibles del hombre, su testa. Sensible, porque en la cabeza anida el aura, aquella energía personal, única y divina representada con un campo de luz que rodea en forma de óvalo a todos los seres vivos y que es imperceptible a plena vista. La Iglesia lo representó con la aureola o rayera que vemos en las imágenes de los santos. El aura, precede y preside nuestro ser siendo la combinación del cuerpo etéreo, emocional y físico, al tiempo que es información de nuestras almas y halo de vida.

Avanzada la Edad Media las coronas de flores se transformaron en regias diademas, portadas por hombres de distinción. El siglo XVI marca un cambio rotundo en la conformación de las mismas adoptándose definitivamente otros elementos preciosos, también frutos de la naturaleza, para remarcar el mismo mensaje de estatus y pertenencia. Se impuso el metal precioso del oro, por su relación con lo divino, al que se sumaron piedras preciosas en remplazo de las flores.

Las cortes adoptaron flores que los representaran como nación (la Guerra de las Rosas es un ejemplo) y lo llevaron en sus coronas y demás elementos de la regalía regia, siendo el florón de apio el más frecuentemente utilizado en Europa, aunque hay singularidades como la de la nobleza franca que adoptó la flor de lis, replicada también por la corona inglesa. La leyenda de la Santa Ampolla nos habla del origen de este símbolo cuando el día en que se iba a bautizar y coronar al rey Clodoveo, llegó desde el cielo una ampolla sagrada, que contenía el Santo Crisma para ungir y santificar al monarca. Lo portaba el Espíritu Santo conjuntamente con un ramo de lirios blancos, con lo que este símbolo adquirió gran importancia, asociándoselo luego por su forma a la Santísima Trinidad.

El apio, en cambio, ha tenido diversas lecturas, ligándolo entre otros mensaje a una vida próspera y feliz; y hasta hay quien dice que está ligado a las grandes riquezas.

Prof. Rubén Alberto Gavaldá y Castro Presidente del Instituto CAECBA www.caecba.com #ceremonial #protocolo #protocoloreal #profesorgavalda #institutocaecba #etiqueta

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