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DE TRADICIONES E HIGIENE. ASPECTOS FRAGANTES DEL CEREMONIAL DE LA CORTE


Hace unos años visite el Palacio de Versalles, no podría hablar de etiqueta sin haber estado donde nació, palpando con mis sentidos la atmósfera que inspiró a Felipe, Duque de Orleans (el hermano de Luis XIV) a establecer sus reglas convirtiéndose en el Padre y Maestro de la misma. Si bien a mi modesto juicio, hay mejores palacios regios en Europa, Versalles llamó mi atención de modo inmediato al corroborar, entre otras cosas, que no tiene baños.


Indagando en las costumbres y modos cortesanos de aquellos siglos XVII y XVIII, devenidos de la Edad Media donde las carencias higiénicas eran notorias, pudimos comprender ciertos aspectos, que barnizados de suntuosidad y moda, eran sobre todo notoriamente prácticos.


No detallaré el origen trillado del perfume y sus razones pero sí remarcaré que no era frecuente que los señores conservaran todas sus piezas dentales en buen estado al no conocerse masivamente el cepillo de dientes y mucho menos el dentífrico, y dicho sea de paso, tampoco utilizaban papel higiénico. El “agua va” se escuchaba frecuentemente y no solo agua se aventaba por las ventanas.


Cuando vemos recreaciones históricas donde señoras sacuden sus prendas o apelan a cada momento un abanico, sea invierno o verano, no lo hacían por el calor excesivo que sufrían, sino más bien para ahuyentar la permanente halitosis que sufrían.


Las faldas superpuestas una tras otra no tenían intensión de dar volumen a la parte inferior del cuerpo femenino sino que su uso mitigaba los aromas de entrepiernas que producía la falta de acicalación. En efecto, sacudir las prendas se debía al mal olor que se producía faldas adentro, en las partes íntimas y que ascendían como un nefasto incienso. Tampoco era costumbre bañarse frecuentemente por temas de frío, faltad de agua y hasta pudor religioso.


Los pudientes para mitigar la fatiga que estas prácticas producían contrataban lacayos, quienes constantemente abanicaban para así purificar el aire y ahuyentar también a los insectos.


Obviamente los frondosos bosques y jardines que rodean el Palacio proveían mejores y renovadores aires, pero era al mismo tiempo el perfecto baño público a donde casi todo el mundo acudía.


Si esto sucedía diariamente en la corte, imagínense lo que debía sufrir y padecer el vulgo abandonado a su suerte, en donde además las bestias convivían con la gente en las cocinas de sus casas.


Por suerte el paso del tiempo limpió estos aspectos fragantes y nos dio la posibilidad de disfrutar del perfume para otros menesteres.


Prof. Rubén Alberto Gavaldá y Castro

@ProfesorGavalda

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