DE CONVENCIONALISMOS Y DE FORMAS DE HACER Y DECIR LAS COSAS


Los convencionalismos son un conjunto de ideas mal fundadas que, en el trato social, se admiten como buenas ya sea por comodidad o “conveniencia”, y manifiestan una clara tendencia al formulismo y a la hipocresía. Por ejemplo el decir “mucho gusto” en un saludo inicial de presentación; expresado generalmente sin saber quién es y cómo piensa la persona a quienes recién conocemos, es un convencionalismo social carente de todo sentido.


Convencional es lo que resulta o se establece en virtud de precedentes o costumbres; pertenece o hace relación al convenio o al pacto, por su utilidad o provecho. Es convencional el lenguaje, los colores, la música, etc.


Debemos vivir rectamente las formas sociales convencionales, (¡ellas no son convencionalismos!), de modo que fomenten el entendimiento, la unidad, la concordia y la convivencia.


Requiere que estemos dispuestos a poner en juego las mejores cualidades que anidan en cada uno de nosotros, como ser: el esfuerzo personal para pensar en los demás; el renunciar a ciertas tendencias del egoísmo; a actuar con prudencia y discernimiento para distinguir lo que es bueno o malo; y la templanza y moderación de nuestros estados de ánimo, siempre tan necesarias para suavizar nuestras relaciones y expresiones..


¿Por qué hacerlo así y no como me da la gana?, pues simplemente porque a cada uno hay que tratarlo como se merece, con respeto y consideración, sin generalizaciones, caprichos ni simplificaciones superficiales como lo es el tuteo indiscriminado, que tantos obstáculos ponen al entendimiento mutuo. Y … porque todos esperamos ser tratados como personas, como seres individuales, con nuestras ilusiones y nuestros afanes, con nuestras virtudes y defectos, como seres concretos y determinados, y no como una simple cosa que se utiliza y maneja al capricho de cada cual.


Para superar esta situación hay que informarnos antes de actuar u opinar; poner interés y empeño en conocer bien los hechos; en oír “todas las campanas”, tanto las de un lado como la del otro. Evitar las exageraciones, así eludiremos la ira o el fanatismo; no impondremos el capricho personal. Pensar bien “a priori” de los demás, pese a cualquier triste experiencia que hayamos tenido antes, es más que conveniente en el trato social para así no ser injustos con la mayoría, frente a unos pocos que quizás nos han defraudado en alguna precedente ocasión.

Por último es dable mencionar que es propicio siempre respetar la buena fama del prójimo, como una manifestación externa de pensar bien a priori de todo, y como demostración práctica de coherencia.


Para finalizar nuestra reflexión del día de hoy, apelo a aquella máxima social trasmitida por mis mayores: “decimos lo que pensamos, callamos cuando debemos, acertamos cuando pensamos bien”.


Prof. Rubén Alberto Gavaldá y Castro

Presidente del Instituto CAECBA

www.caecba.com

@ProfesorGavalda

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