CEREMONIAL Y PROTOCOLO: un sentido profundo y un irrenunciable estilo de vida.

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Durante un tiempo escribí pensamientos sobre diferentes aristas del mundo del ceremonial, el protocolo, la etiqueta y las costumbres a observarse en este tercer milenio. Muchos de esos pensamientos siguen diariamente descubriéndose por más personas en el portal:

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Estos pensamientos originaron innumerables interacciones con los lectores, entre ellas una pregunta recurrente en aquel más joven, ávido de un próspero porvenir: “Profesor, ¿puedo yo trabajar de esto? Difícil respuesta por cierto, sobre todo porque no quiero desalentar su interés por el conocimiento, sino por el contrario.


Quienes certifican estudios en estas materias, quizás logren ser empleados públicos, pero formarse en ceremonial y protocolo no trata sólo de eso. Conocer y practicar el arte del ceremonial y el protocolo requiere tiempo completo, no es un trabajo en sí mismo. No hay un ropaje de “ceremonialista” para adquirirlo y utilizarlo a conveniencia.


Me explayo.

Quien entienda que puede revestirse de “ceremonialista” o profesional del ceremonial algunas horas en la jornada, se engaña a si mismo, engaña a los demás o lo que es peor aún se ha dejado engañar. Quienes verdaderamente viven, sienten y comprenden qué es ceremonial lo hacen a tiempo completo, porque básicamente es un estilo de vida, cuya gratificación no es monetaria sino cortes.


¿Cuántos “esquizofrénicos” protocolares conocemos? , muchos. Dicen lo que no hacen, enseñan lo que no practican. Son mercaderes del seudo conocimiento. Y cuando me refiero a practicarlo, no digo que es vivir todo el día con frac en un castillo. El verdadero ceremonial no consagra y enaltece los medios materiales, sino el fin último que es humano y de confraternidad entre iguales.


Necesitamos entender que ceremonial y protocolo no son simplemente una logística organizativa, si bien es una disciplina ordenadora. No es una faceta de un organizador de eventos, aunque sí lo contiene. Es mucho más. Su horizonte es la convivencia diaria, su meta es la felicidad de la persona en relación constante con otros, su camino es la vida misma desde el momento del nacimiento hasta el día final. Es alfa y es omega de cada persona, no un medio para subsistir económicamente, aunque haya empleados públicos que lo utilicen como forma de vida.


Circunscribir el ceremonial y el protocolo a un trabajo como cualquier otro lo daña intrínsecamente, perjudicando y distorsionando el concepto más profundo que encierran: celebrar la vida siempre y a cada momento.


Son principios rectores y civilizadores que ayudan a administrar correcta y armoniosamente el tiempo de nuestra vida, transformándola, con empeño, en una obra de arte que merezca ser comentada y referida.


El ceremonial y el protocolo se toman o se dejan. Se incorporan como un maestro que estudio en un momento una partitura paro que luego la olvide a fin de darle a la música su propia impronta. Conocer es aptitud, pero esta sola no alcanza, requiere interpretación, requiere una moral de actitud.


Nuestros primigenios instructores de ceremonial y protocolo son nuestros Padres; no los institutos de “formación”. Valoremos entonces las primeras reglas aprendidas por tradición (columna y sustento de los mismos) y que son pasadas oral y generosamente de generación en generación: mira a los ojos cuando hables con una persona, golpea una puerta cuando esté cerrada antes de ingresar, pide permiso para levantarse de la mesa y un largo etcétera.


Recobrar el humilde sentido de lo grande de nuestra existencia nos pondrá en la verdadera senda del ceremonial y el protocolo. Lo demás es operativo y hasta superfluo.


Es cierto también que la tradición es débil o deformada y que por ello existe tanta inquietud y necesidad de conocer y reconocer la luz ante tanto sombra en estos temas.


Y cuando podamos articular la gran sinfonía de la vida, veremos que el ceremonial y el protocolo nos contienen y en ellos y con ellos y por ellos nos movemos en sociedad las 24 h del día.


Si apreciamos, valoramos y practicamos el verdadero sentido del ceremonial y el protocolo, podremos llevar correctamente cualquier tarea o trabajo que emprendamos, hasta de ceremonialista público con sueldo por planilla. De la vida social podemos proyectarnos al campo profesional; nosotros jerarquizamos el puesto, cargo o función que llevamos adelante, pero nunca será al revés.


Ser “dominus”, es decir ser Señor, es un trabajo diario y permanente, de tiempo completo, lo demás son ilusiones esporádicas de una semi cultura.


Prof. Rubén Alberto Gavaldá y Castro Presidente y Rector del Instituto

www.caecba.com @ProfesorGavalda

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